Desert Rats 2021. Fruita – Colorado.

Escribo este relato sobre la carrera que corrí ayer. Carrera de 50 kms que discurre por un área subdesértica del oeste del estado de Colorado, muy cerca de la frontera con Utah. Este lugar está al oeste de las Rocky Mountains, cuyas montañas nevadas se pueden ver si observas hacia el este. La zona de la carrera es una zona protegida, por la formación de espectaculares cañones sobre el Río Colorado, porque este río no tiene un cañón, sino una formación de cañones que comienza justo en aquí, al abandonar las montañas rocosas, y discurre por los estados de Colorado, Utah, Arizona, Nevada, y, ya en México, por Sonora y Baja California, donde desemboca en el Golfo de California. Osea, que son más de dos mil kms de cañones, aunque lo más renombrado sea el que se conoce como el Gran Cañón, que está en Arizona, pero que está en medio de una reserva de los Indios Pueblo que tienen permiso para sacarte toda la pasta que puedan en tu camino hacia ese parque nacional.

Preparar una ultramaratón en el lugar en el que vivo es, si cabe, más complicado que a nivel del mar. Las ventajas aeróbicas que proporciona la altitud en el organismo, se ven negativamente compensadas por la dificultad para poder entrenar en el invierno. De hecho nunca había entrenado en estos meses. Suelo dedicarme al Skimo hasta mediados de abril. Pero varias personas me han pedido ayuda para prepararse para sus primeras ultras, y esto me animó a tratar de correrlas yo también. Hace tres semanas, corrí otra carrera unos 200 kms más al oeste, también en torno al Colorado y en el desierto, pero en el estado de Utah y traté de enfocarla como un entreno para esta de 50 kms. Con las medidas por Covid cerrando los gimnasios bien climatizados, cualquier entrenamiento debía realizarse este invierno en el exterior, así que debía armarme de valor para correr a temperaturas por debajo de 15 bajo cero, con raquetas en la nieve, o yaktrax cuando encontraba lugares más compactados. Con los gimnasios cerrados, el entrenamiento de fuerza era un ejercicio más de imaginación que físico. Para hacer tiradas largas, debíamos coger el coche y conducir un par de horas para poder llegar a cotas más bajas, en donde se pueda pisar algo medianamente duro y que no sea el hielo. Algún intento de tirada larga en los alrededores de mi casa resultó un fracaso, por acabar luchando por sacar las piernas de la nieve a cada paso. Correr, poco y mal. Si a esto le unimos cargas de trabajo, familiares, etc, lo de entrenar ha sido una odisea. Y con estos espartos me planté en Moab para una carrera de 30 Kms, que me hundió en la miseria, al acabarla caminando como las muñecas de Famosa. El Cansao a mi lado era Kipchoge. También es cierto que yo conocía como llegaba, y ante tan mala perspectiva decidí ir a darlo todo hasta que el cuerpo aguante. Igual, suena la flauta y me sale una buena carrera. Pero los milagros se dan en Lourdes, y en el km 13 empezaron unos calambres que se acabaron extendiendo por partes de mi cuerpo que no sabía que existían. Acabo, sí, pero la dignidad la perdí muchos kilómetros antes de la línea de meta.

Pero si algo te dan los años, es paciencia. No fue mi carrera ideal, pero ahí quedaban esas horas de ejercicio en las patas. Como entreno, era genial, sobre un terreno en el que por fin se podía correr, ataviado con una camiseta de manga corta y pantalón corto… Un lujo que los Primeguis de Málaga tenéis que empezar a valorar.

Después de aquello, tocaba un par de días de descanso, y a aprovechar que empieza a haber menos nieve y más posibilidades para correr en donde vivo. Y así, aunque no paró de nevar en las dos semanas siguientes, a trompicones, pude encadenar algunos entrenos más o menos seguidos, antes de la carrera de este fin de semana.

Para correr aquí, la logística es fundamental. Hablamos de desplazarnos 5 o 6 horas en coche, para llegar el viernes por la noche, tras toda la jornada laboral, acampar en alguna parte, dando el máximo tiempo posible para descansar, porque las salidas son muy en la mañana. En esta ocasión, decidí llevar a la familia, acampar en el desierto y aprovechar aquí el resto del fin de semana. Algunos amigos quisieron venir a hacer lo mismo, y a animar en la meta de la carrera. Eugenio, el otro malagueño que está ahora rellenando los papeles de ingreso en el club, también corría esta carrera. Él es mucho más fuerte, y viene mucho mejor preparado que yo, habiendo competido en algunas carreras de skimo semanas antes, e incluso un “duatlón Bici-Skimo” el pasado lunes. Pero acampamos en el mismo lugar, y nos organizamos para ir junto a la carrera. Nos levantamos a las 5.30. Cafe mientras amanecía en pleno desierto, y nos desplazamos a Fruita, localidad más cercana a la carrera, donde nos recogerá un autobús para llevarnos a la línea de salida.

El Covid eliminó de un plumazo todas las carreras desde marzo del año 2020, y aunque las más concurridas siguen sin poder celebrarse a dia de hoy, las carreras de montaña encontraron fórmulas para empezar a celebrarse desde el pasado verano, de forma que no se pusiera en peligro la salud de ningún corredor, ni la de voluntarios, organizadores, etc. Ya en septiembre pude correr la Grand Traverse. Es la demostración de que si todo el mundo colabora, se pueden hacer muchas más cosas que simplemente cancelar todo. A cada corredor se le asigna una hora exacta de salida. En el caso de Eugenio, y el mío propio, nuestra hora era las 8.27. Hay que tener en cuenta que todo el mundo ha recibido ya aquí al menos una dosis de la mundialmente añorada vacuna, por lo que se van permitiendo grupos de salida un poco más grandes, y todo va siendo un poco más sencillo.

Siempre me acuerdo de España en estas situaciones, y deseo con todas mis fuerzas que esta situación de mayor relajación vaya llegando poco a poco allí también. Aún con todo, todos en la salida llevan sus mascarillas, y todos en la línea de salida guardan una separación de dos metros con otros corredores, al igual que en meta y todos los puestos de avituallamiento. En la salida nos encontramos con algún otro corredor de nuestro condado, con quien hemos compartido algunos kilómetros, y que conoce a la perfección cada tramo de esta carrera. Charlamos con él mientras van saliendo los otros grupos, y casi de inmediato llaman a nuestro grupo de salida. El aire sopla muy frío en la mañana, y esos segundos de espera, ya colocados frente al arco de salida se hacen eternos. Algunos saltos, vuelvo a mirar el reloj, repaso mentalmente la estrategia de nutrición. Miro a los laterales y observo a acompañantes que despiden a los suyos como quienes despedían a los tripulantes del Titanic.

Un speaker comienza una cuenta atrás, five, four, three… Miro mi camiseta, verde, y el Cansao me devuelve la mirada y me recuerda que tengo a un montón de primos y amigos conmigo en ese momento. Va por vosotros, Primeguis… Two, one, GO. A correr!Mucho tienen que aprender los organizadores de carreras americanas del buen hacer en las carreras de España. Para empezar, el americano no es amigo de los desniveles. En los primeros cientos de metros, algunos compañeros de carrera comentan el elevado desnivel que nos aguarda… Nada menos que 1300 metros positivos en 50 kilómetros… Estos no saben lo que es que te tiren una cuerda para poder subir, ni lo que es el vértigo antes de comenzar una bajada. Pienso en qué dirían si les plantan el cortafuegos de la Pinsapo, o un buen Presidiarios. Qué harían éstos en las bajadas de La Capitana, o en un Genal, con menos del 5% del recorrido llano?En fin, estamos donde estamos, y solo por correr en este entorno ya merece la pena.

El carril de la línea de salida, se convierte pronto en un sendero de piedra que sube hasta lo alto de un macizo de roca, serpenteando entre la escasa vegetación propia de la zona. Poco a poco los kilómetros se van sucediendo con la estrategia de ser conservador la mayor parte de la carrera, siendo plenamente consciente de los tiempos, de la cantidad de agua que bebo, del consumo de hidratos de carbono y sales, y de vez en cuando distrayendo la mirada y la mente con el espectacular recorrido que bordea los acantilados que el río ha moldeado durante miles de años. Mi estrategia conservadora me hace reencontrarme con muchos de los corredores que me dejaron atrás al principio. Algunas veces tenemos el tiempo suficiente para intercambiar algunas frases. Otras, un simple ‘good job’, aunque creo que algunos tienen ganas de arrojarme acantilado abajo cuando les pido paso. A partir del primer tercio de carrera, se corre siempre solo, con mis pensamientos, mis números, mis fantasias de estar ya llegando a meta, el sol y algunos pequeños cactus a los lados del sendero.

Cada cuatro o cinco minutos, o cuando el recorrido permite ver quien me precede, encuentro a los siguientes corredores a los que poco minutos después acabaría alcanzando. Los puestos de avituallamiento, siempre escasos, son puntos de encuentro de unos y otros. Siempre recuerdo aquí a Chema. Se moriría de pena en estos avituallamientos, sin jamón, sin sus barritas de Nesquik, sin una silla en la que sentarse a conversar con los voluntarios… Yo ya sé lo que puedo esperar de aquí, así que traigo todo lo que necesito. Solo recargar agua, dar gracias a los voluntarios, y a seguir. Un ultra maratón puede parecer monótono para el que lee un relato sobre él. Pero no lo es en absoluto para quien lo enfrenta. Cada paso por un avituallamiento hay que hacer revisión de daños, como un submarino tras pasar por zona de minas, y hacer nueva estrategia según sensaciones. Por aquí vamos bien, esto me molesta cada vez más, necesito beber con más frecuencia, en la próxima subida voy a poder apretar… Mi mantra esta carrera siempre fue: en los últimos 15 kms, subiré corriendo las cuestas como ésta, pero no ahora. Y de esa manera se obliga uno a no entregar esas fuerzas que flaquearán después. Las leyes de cualquier Ultra son básicamente 2: “guarda, guarda, guarda”, y “Come aunque no tengas hambre, y bebe aunque no tengas sed”. Y una última norma que siempre se cumple…

Da igual la distancia, que los últimos 5 kms siempre son agónicos. Y así fue. 5 últimos kilómetros, que según el perfil eran de bajada, pues resultaron no ser tan de bajada. Más terreno rompe piernas, como casi todo el resto. Ya escuchas los sonidos de la meta, aunque te encuentras aún a 4 kms del final. Intento apretar, pero me resulta imposible. Lo voy dando todo, y solo voy a 6.30 min/km. Calculo que serán 25 minutos más de carrera a este ritmo, y esto se me hace insoportable. Entran las dudas: ¿Cómo es posible, tras 47 kms ya recorridos, que quiera plantarme solo a falta de 3? Y vuelvo a mirar abajo, y el cansao me susurra que ya sabía yo que esto ocurriría antes de empezar, y que llevarle a él y a la tortuga en el pecho, me obliga a levantar de nuevo el cuello, enderezar la espalda y acordarme de todo el empuje recibido por los Primeguis durante toda la carrera.

Y de forma milagrosa, las rodillas no pesan tanto, el aire entra mejor en mis pulmones, y el arco de meta aparece delante de mí, con mi familia animando y gritando desde allí, gente desconocida que aplaude y un speaker incapaz de pronunciar mi apellido. Mis hijas me alcanzan, y agarrado a sus manos cruzo la línea de meta. Es entonces cuando soy consciente de que lo he dado todo, que no podría haberlo hecho en menos tiempo, de lo orgulloso que estoy de cruzar la meta con mis hijas, y de que nada sería posible si no fuera de verde. Me flaquean las piernas cuando alguien me cuelga una medalla, al mismo tiempo que se refuerzan mis ganas de seguir corriendo, de entrenar, y de gritar bien fuerte,

¡Vivan los Primeguis!